171. La obediencia
Ha-na caminó hacia él de manera instantánea, como si el tuviera un súper poder sobre ella. Separó sus piernas y se sentó en el regazo de Heinz. Le rodeó el cuello con sus brazos.
Heinz la abrazó por la espalda, uniendo sus manos, como si fueran una cerradura.
Ha-na no podía controlar los temblores que recorrían su cuerpo. Sentada en el regazo de Heinz, sintió el calor de sus manos firmes sujetándola por la espalda, como si el abrazo fuera una promesa silenciosa de que nada podría apartarlos. Su