100. La temperatura
Heinz la tomó por la cintura con firmeza, pero sin brusquedad, y con un solo movimiento fluido la cargó y la colocó sobre el escritorio. La superficie fría contrastaba con el calor que sus cuerpos irradiaban, una dualidad que parecía amplificar cada sensación. Sus manos, grandes y seguras, se mantuvieron en la cintura de Ha-na por un instante, como si necesitara asegurarse de que ella estaba perfectamente en su lugar, pero pronto se deslizaron hacia sus caderas, buscando un punto de anclaje mie