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Linda se quedó en casa, mientras el mundo exterior se desdibujaba en un borrón de luz solar y sonidos lejanos que apenas percibía. Aquella mañana había llorado tanto que su voz estaba ronca, áspera por los bordes afilados de sus sollozos, y sus ojos estaban hinchados, sensibles y enrojecidos. Cada parpadeo le provocaba un punzante dolor en los párpados, recordándole que no tenía dónde esco

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