El cielo estaba oscuro, pesado, como si presagiara una tormenta. La luna, apenas visible entre las nubes, derramaba una luz tenue sobre el paisaje. Yo estaba sentado en la ventana de mi habitación, con la mirada perdida en el infinito. El aire frío de la noche acariciaba mi rostro, pero la sensación de ardor en mi pecho no tenía nada que ver con el clima.
Mi mente no dejaba de regresar a aquella batalla.
El monstruo.
Lo vi transformarse frente a mis ojos. Lo vi perder su humanidad en cuestión d