ELENA
El estudio de mi tío Adriel siempre había sido un lugar sagrado para mí.
Este lugar había sido el corazón de la manada, y ahora, como líder, era mío. Pero hoy no me sentía fuerte, ni invencible. Me sentía traicionada.
Esperaba a Dante. Mi esposo. La persona en quien más confiaba… hasta que dejó de serlo. Cada segundo que pasaba sin que llegara se sentía como una piedra más en el creciente peso que cargaba en el pecho. Finalmente, escuché el sonido de sus botas contra el suelo del pasillo.