La confesión de Atenea seguía taladrando mi mente como un eco interminable: Selene es una hechicera.
No podía procesarlo. No podía creerlo. Cada fibra de mi ser quería rechazar esa verdad, pero allí estaba Atenea, su cuerpo agonizante y su mirada llena de angustia, dejando claro que no era una mentira.
—Ella nos atacó, —jadeó Atenea, su voz apenas un susurro. Su rostro pálido estaba cubierto de sudor, y su sangre manchaba mis manos. —Hirió a Adriel...
Mis labios se movieron, pero no salió sonido