Un verdadero milagro médico

El tiempo pasó volando con su hijo. En su portátil, Kevin terminó de ver la película Batman vs. Superman con Bryan. Miró de reojo a la mujer que estaba frente a la ventana.

Una brisa acariciaba el rostro de Justine. Sus párpados estaban entreabiertos mientras sus mechones rubios eran soplados hacia atrás.

Kevin levantó la vista y vislumbró a su exesposa con los brazos cruzados, quien había permanecido en silencio desde que su hijo les contó por qué había sido regañado en la escuela.

Bryan a veces llamaba a su mamá para que se uniera a ellos, pero Justine decidió darles tiempo a padre e hijo antes de separarlos.

—¿Quieres un café? —Kevin intentó romper el muro invisible de silencio.

Apartándose de la ventana, ella suspiró, pero resistió la tentación de preguntar «a qué hora se iría». Era tarde y ya había pasado la hora de acostarse del niño, pero Bryan había dormido durante varios días, así que pensó que lo mejor sería hacer una excepción.

—¿Quieres o no quieres? —La voz profunda la sacó de sus pensamientos.

Ella descruzó los brazos y asintió.

—¿Puedo ir con el señor Harrison, mami? —El niño intentó salir de la cama arrastrándose.

Aunque los doctores dijeron que Bryan era un verdadero milagro médico, el Dr. Spina explicó que pasaría 60 días en el hospital después de la cirugía. El niño acababa de despertarse y no debía esforzarse demasiado. Así que Justine dijo «no».

Cuando notó el ceño fruncido y oscuro de Kevin, comenzó a formular alguna razón convincente para mantener a Bryan en la sala.

—No.

—Puedo ponerlo en una silla de ruedas... —sugirió Kevin.

Tratando de no mostrar su nerviosismo, Justine respondió con calma:

—No, el doctor aún no le ha dado permiso a Bryan para salir de su habitación.

Apretando fuertemente la mano a su costado, Kevin se controló.

—Voy a buscar un café y ya vuelvo, campeón. —El señor Harrison le sonrió a su hijo antes de caminar hacia la puerta.

Ella miró su espalda mientras él salía de la sala.

—Bryan, quédate aquí, ya regreso. —Después de decir eso, salió, pasó junto a uno de los guardias de seguridad y corrió hasta alcanzarlo—. ¡Espera, Kevin!

—¿Qué quieres? —Él apretó la mano con más fuerza.

—No permitiré que lastimes a Bryan.

—En algún momento, él se enterará de la verdad, al igual que yo.

Retomando su camino, Kevin deambuló por el pasillo, pero ella seguía persiguiéndolo. El corpulento guardia de seguridad intentó alejarla.

—No la toques —su voz áspera regañó al empleado.

—¿Cuándo vas a dejar de castigarme por lo que hice? —preguntó ella, deseando que todo terminara de una vez.

Deteniéndose, él fijó sus ojos en Justine.

—¡Nunca! —espetó—. Bryan también es mi hijo, y tiene todo el derecho de saber que estoy vivo.

—¿Cómo pretendes contárselo?

—Ay, no, tú eres la que va a explicarlo todo... Te doy una semana para que hables con Bryan.

Pegada como una estatua, Justine lo dejó alejarse por los pasillos.

Era mejor volver a su sala y encontrar las palabras adecuadas para una conversación sin acusaciones ni victimización. Tal vez lo que para ella era una preocupación pasaría desapercibido para el pequeño Bryan.

De vuelta en la sala, Justine vio al hombre que se ajustaba las gafas. Alessandro sostenía a Batman mientras Bryan movía a Superman en el aire con su brazo que no estaba enyesado.

—Mira, mami, Batman está peleando con Superman —dijo el niño sonriente.

Su rostro transmitía su insatisfacción. Alessandro había sido tan grosero e insensible, y el asistente había dejado claro con qué tipo de personas estaba tratando cuando hizo todo lo posible para mantenerla alejada de Kevin.

—Es hora de dormir, Bryan —dijo su madre, preocupada.

—Pero, mami, estoy jugando...

—Ya pasó tu hora de acostarte, Bryan.

—Quería darle las buenas noches al señor Harrison.

—Mañana, mi ángel —dijo ella, tirando de la manta sobre él—. Deja que guarde eso —intentó tomar el muñeco de Superman, pero Bryan se agarró fuerte—. Está bien —dejó el juguete con su hijo y lo besó en la frente.

—Tienes un amigo chévere, mami. —El niño bostezó después de comentar—. Me cae bien el señor Harrison.

—Duerme, angelito, buenas noches.

El asistente del CEO escuchó con atención. Por lo que entendía, Kevin y Justine todavía estaban protegiendo al niño.

Ella apagó la luz junto a la cama de Bryan y fue a otro rincón de la enorme sala.

—¿Qué haces aquí? —La voz tranquila de Justine murmuró.

—Vine a buscar a mi jefe.

—¿Lo ha visto por aquí, por casualidad? —Ella hizo la pregunta con un tono de burla.

—¡Todavía atrevida! —Alessandro se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo que sacó del bolsillo de su blazer negro—. Traje un mensaje de la señorita Le Blanc.

—¿Qué quiere esta vez?

Con calma, Alessandro se puso las gafas de nuevo y luego guardó el pañuelo de seda en su bolsillo.

—El señor Harrison se irá de viaje con su prometida por unos días —dijo el asistente.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Esta será tu única oportunidad de salir de aquí y desaparecer con tu hijo. —Levantando sus cejas claras, Alessandro miró la cama donde el niño estaba descansando.

—¿Cómo? —Su voz salió más estridente mientras lo cuestionaba—. Quiero volver a mi país, pero no tengo plata para los pasajes.

—No te preocupes, yo me encargaré de todo personalmente. Solo mantén tu palabra y no te metas en el radar de mi jefe, o... —Él se quedó en silencio.

—¿O qué, Alessandro?

—Si yo fuera tú, no me metería en el camino de la señorita Le Blanc. Ella ya tiene planes para convencer al señor Harrison de mandar al niño a un internado en Inglaterra.

El sonido de la puerta hizo que Alessandro se moviera rápidamente al lado opuesto. Kevin miró con suspicacia a su asistente y a su exesposa.

—¿Qué estás haciendo aquí, Alessandro? —Los ojos de Kevin examinaron a su asistente.

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