La lengua de Kevin recorrió su cuello y Justine se rindió a los mordiscos y los besos apasionados que le provocaban un calor creciente en los muslos. No tenía fuerzas para liberarse de sus fuertes brazos. El Sr. Harrison la llevó por el pasillo hasta una de las oficinas de la primera planta.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Justine, sin aliento—. Alguien podría vernos...
—Esta es mi casa y voy a follarte donde me dé la gana.
—No podemos... ahora no.
—¿Quién dice que no podemos? —la desafió Kevin mientras abría la puerta y la llevaba al despacho.
Con una rápida patada, cerró la puerta tras ellos. Justine, agarrándose a su corbata de seda gris, lo atrajo hacia ella mientras él la tumbaba sobre el enorme escritorio.
Su mano se deslizó por su cuello hasta llegar a la parte posterior de su cabeza, donde le agarró un puñado de pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Su lengua recorrió el contorno de sus labios antes de invadir su boca.
Kevin deslizó la mano por su muslo, levantándole el vestid