La lengua de Kevin recorrió su cuello y Justine se rindió a los mordiscos y los besos apasionados que le provocaban un calor creciente en los muslos. No tenía fuerzas para liberarse de sus fuertes brazos. El Sr. Harrison la llevó por el pasillo hasta una de las oficinas de la primera planta.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Justine, sin aliento—. Alguien podría vernos...
—Esta es mi casa y voy a follarte donde me dé la gana.
—No podemos... ahora no.
—¿Quién dice que no podemos? —la desafió Kevin