49. Pelea y traición
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Freyja se detiene en medio de la oscuridad.
El jardín ya quedó atrás. No hay luces, no hay música, solo el murmullo lejano de la fiesta y el sonido de su propia respiración. El aire nocturno le eriza la piel, pero no retrocede. Su instinto le dice que ya no sirve seguir huyendo.
Suelta la cartera en el suelo. Menos mal es pequeña. El cuero golpea la tierra con un sonido seco. Luego se inclina apenas y toma un tacón en cada mano. El frío del metal y la dureza del zapato la anclan. Sus pies