49. Pelea y traición
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Freyja se detiene en medio de la oscuridad.
El jardín ya quedó atrás. No hay luces, no hay música, solo el murmullo lejano de la fiesta y el sonido de su propia respiración. El aire nocturno le eriza la piel, pero no retrocede. Su instinto le dice que ya no sirve seguir huyendo.
Suelta la cartera en el suelo. Menos mal es pequeña. El cuero golpea la tierra con un sonido seco. Luego se inclina apenas y toma un tacón en cada mano. El frío del metal y la dureza del zapato la anclan. Sus pies quedan bien plantados sobre el suelo húmedo, desnudos, firmes.
—¿Cuándo piensan salir? —pregunta, alzando una ceja.
Su voz suena tranquila. Demasiado tranquila para la situación. No hay miedo en ella, solo cansancio y rabia contenida.
Las sombras se mueven.
—Cariño… —dice una voz masculina desde la oscuridad. Freyja endurece la expresión al instante—. Por fin te encontré.
Ella deja escapar una risa breve, áspera.
—Oh, miren… —dice con burla—. Es la rata que se me escapó.
El hombre avanza