Sacaron a Carmen Soto a la fuerza de la empresa, dejándola justo en la entrada principal. Un grupo de guardias de seguridad la empujó hacia afuera.
Las recepcionistas se asomaban, curiosas, intentando averiguar qué ocurría. Nunca habían presenciado algo así en la compañía.
Al instante, los guardias le arrojaron encima sus pertenencias.
—Ya lárgate. Y ni se te ocurra volver a acercarte por aquí.
Tras decir esto, el guardia se sacudió las manos y se marchó con satisfacción. Eran órdenes directas d