La mañana siguiente, Sofía se despertó con el sonido del despertador.
Se frotó los ojos lagañosos y buscó a tientas el otro lado de la cama, pero estaba vacío.
Alejandro no había vuelto anoche.
Algo indescifrable entristeció la mirada de Sofía.
Se destapó, puso los pies descalzos en el suelo y caminó apresurada hacia el clóset.
Eligió al azar un suéter de punto color crema y un pantalón negro de pierna ancha.
Después de arreglarse, desayunó algo rápido y salió deprisa.
Al llegar a la oficina, So