Pero Alejandro lo negó con toda seguridad.
—No te creo.
—¿Y por qué no?
Arrugó la frente, sin poder creer que él pudiera ser tan infantil.
Puso una expresión muy seria.
—A menos que me des un beso.
Abrió los ojos como platos, incrédula de que esas palabras hubieran salido de su boca. ¿Este era el Alejandro que conocía?
—¿Lo… lo dices en serio?
Él notó la sorpresa en sus ojos y, aunque se sintió un poco incómodo, no le vio nada de malo a usar una mentira piadosa para conseguir lo que quería.
Asin