—¿Estás bien? —preguntó una voz masculina, suave y llena de preocupación.
Sofía se frotó la frente y, al levantar la vista, se encontró con Alejandro, quien le dirigía esas palabras con una expresión indescifrable.
—Sí, estoy bien.
Frente a él, cualquier otra palabra se le atoraba en la garganta.
Tras responder, se hizo a un lado e intentó seguir su camino hacia el interior.
La sujetó de la muñeca, y una sombra de dolor cruzó por su mirada.
—Sofía, ¿podemos hablar?
Permanecieron así, en un tenso