CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Camila Fernandez
Fue una cena tranquila y agradable; parecía que quería cuidar de mí, y acabé disfrutando de esa sensación. Al dirigirnos al coche, vi claramente su preocupación por protegerme de la lluvia, pero tiene que entender que no me voy a derretir, así que no pasa nada.
Me llamó para ir a la habitación y corrimos; estábamos muy mojados por la lluvia y, al llegar a la habitación, empezó a quitarse la ropa, y yo abrí mucho los ojos, temblando ya de frío.