Después de todo el alboroto y estravagancia de la fiesta, ese lunes la oficina parecía perturbadoramente tranquila. El sonido del teclado de mi computadora era lo único que rompía el silencio, y aunque necesitaba concentrarme en los papeles frente a mí, mi mente no podía dejar de vagar hacia los últimos días. Hacia ese momento en que Cristhian le había pidido matrimonio a Elena. Sabía que ese momento llegría, yo misma, la secretaria perfecta, había ayudado a planificarlo todo, pero en el moment