La pantalla frente a nosotros seguía mostrando la rueda de prensa en vivo. Rubí —o Sarah, como ahora se presentaba— hablaba con una convicción que me helaba la sangre. Cada palabra que salía de su boca se sentía como un puñal directo al corazón de los Vandervert. Esa maldita zorra estaba jugando un juego peligroso, y el simple hecho de verla me hacía hervir la sangre.
—¿Cómo mierda es esto posible? —le solté a Richard, quien permanecía tan petrificado como yo, sus ojos clavados en la televisión