Los cinco minutos no terminaron cuando Clara cerró los ojos.
Leonardo lo supo porque los estaba midiendo. No en el teléfono, que había dejado boca abajo en el brazo del sillón desde el momento en que entró a la habitación, sino con esa cuenta interna que se activa cuando una persona tiene claro que hay un límite y también claro que quiere respetarlo.
Cinco minutos.
Luego se levantaría. Luego dejaría la habitación azul en el estado en que debía dejarse: con Clara adentro, la puerta entre los dos