Mateo llegó esa tarde con el portafolio oscuro y la calma de quien tiene más información de la que está dispuesto a entregar en una sola reunión.
Se sentaron en la biblioteca. Leonardo cerró la puerta. Clara se quedó cerca del escritorio, no en el sillón donde Mateo le indicaba con un gesto que se sentara. No era intransigencia. Era el modo en que había aprendido a no dejarse instalar en un lugar que alguien más había elegido para ella.
Mateo presentó tres documentos. El primero era el contrat