El silencio de la mansión fue interrumpido por el sonido de un motor diésel deteniéndose frente a la entrada principal. Un hombre de mediana edad, vestido con un traje gris carbón y portando una carpeta de cuero negro, bajó del vehículo. No era un médico ni un socio de la junta. Era el notario personal del abuelo Turner. Christian y yo lo recibimos en el salón minimalista, donde el eco de sus pasos sobre el mármol marcaba una urgencia que no figuraba en nuestra agenda de reconstrucción.
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