La sala de juntas de la Corporación Turner estaba en silencio, aislada por sus paredes sólidas y opacas del resto del edificio. Christian ocupaba el asiento tras el escritorio de caoba que antes pertenecía a su abuelo. Frente a él, los socios y abogados permanecían inmóviles, con los rostros congelados en una mueca de asombro ante la convocatoria de emergencia. Benjamín y Débora estaban sentados al final de la mesa, obligados a asistir bajo la amenaza de una demanda legal inmediata por fraude