El aire frente a la entrada de la prisión estatal estaba saturado con el olor a ozono de los flashes y el ruido rítmico de los gritos de la prensa. Los reporteros se agolpaban contra las vallas metálicas, estirando micrófonos como lanzas. Las preguntas eran un bombardeo constante sobre la caída de los Turner y el fraude de los Kiraman. Mantuve la espalda recta y la barbilla en alto, tal como lo había hecho el día que caminé hacia la oficina del CEO. Mis tacones golpearon el cemento con un son