Él lo recordaba todo. La maldición que los dioses le habían dado era tener una memoria excepcional y habían sellado su nefasto destino con una mancha blanca justo en el pecho.
Eso había determinado su existencia.
Tenía apenas tres años, pero lo recordaba. No claramente, pero sí las cosas cruciales. Estaba jugando en el salón principal y había mucha gente porque estaban celebrando algo. Su cuerpo empezó a cosquillear porque quería alcanzar un juguete que su madre había dejado lejos de él sobre l