Seraphina
La puerta principal de la mansión se cerró a mi espalda con un sonido sordo y pesado. El clic de la cerradura automática fue como el de una celda. Me quedé inmóvil en el centro de un vestíbulo tan grande y silencioso que parecía una catedral dedicada a la nada.
El suelo era de mármol blanco y negro, pulido hasta alcanzar un brillo de espejo que reflejaba el techo de doble altura y una araña de cristal que colgaba como una constelación helada. Una escalera monumental se curvaba hacia e