Alessandro
La observé mientras dormía.
No era mi intención. Había vuelto a mi estudio después de la cena con los Costello, la mente llena de la conversación, de la postura de Marco, de la evidente ambición de Ivan. Pero mis pensamientos seguían volviendo a ella. A cómo había manejado a Leo. A la calma fría que había demostrado bajo presión.
«Te subestimé».
Las palabras resonaron en el silencio de mi oficina. Odiaba admitir errores. Odiaba, sobre todo, ser sorprendido. Y ella me había sorprendido.
Abrí el sistema de seguridad en mi pantalla principal, mis dedos moviéndose por puro instinto. Seleccioné la cámara de su dormitorio. La imagen apareció, granulada por la visión nocturna infrarroja.
Estaba acostada de lado, de espaldas a la cámara, una figura oscura bajo las sábanas de seda. Su respiración era lenta y regular. La habitación estaba en silencio. No había nada que ver, realmente. Y sin embargo, no pude apartar la mirada.
Llevaba semanas en mi casa, y seguía siendo un enigma. Hab