DAMIÁN
Aventé el vaso de cristal contra la pared de mi despacho. Se hizo añicos sobre la alfombra, pero el sonido de los vidrios rotos no me sirvió de absolutamente nada para calmar la maldita ansiedad que me estaba comiendo vivo.
Cinco meses.
Sin saber si Isabella estaba comiendo, si tenía frío, si seguía embarazada o si el estrés del encierro le había hecho daño. Cinco meses contratando a cuanto investigador privado, hacker y expolicía se me cruzaba por enfrente, gastando millones de dólares