Narrado por Emma
El beso no fue un inicio, fue una detonación.
Todo el aire del salón de rehabilitación se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Noah no me soltaba; sus manos, fuertes por meses de mover su propio peso, me atraían hacia él con una urgencia que rozaba la desesperación. Yo estaba a horcajadas sobre él, sintiendo el metal de la silla de ruedas frío contra mis muslos y el calor abrasador de su piel contra mi vientre.
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