VALERIO
Salí del despacho con el corazón aún latiendo con fuerza.
Las palabras de Adriano y Alessandro resonaban en mi cabeza como ecos de una guerra fría que, al fin, parecía llegar a su tregua.
Al cerrar la puerta, la vi.
Sara caminaba de un lado a otro por el pasillo, visiblemente nerviosa.
Cuando me vio, se detuvo de golpe.
Sus ojos buscaron los míos con urgencia, y sin decir una palabra, corrió hacia mí.
Abrí los brazos, y ella se refugió en ellos como si ese fuera su lugar natural.
La abr