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La madera de la puerta del estudio estaba fría contra su mejilla. Helena presionó la oreja contra la rendija, conteniendo la respiración, como si el solo acto de exhalar pudiera delatarla.
El humo del cigarro de Máximo se filtraba por el hueco, mezclado con el aroma a whisky caro y el veneno de las risas de sus amigos. Los mismos de siempre. Los que la habían convertido en un fantasma en su propia casa mucho antes de que ella se diera cuenta.
—Máximo, Mónica quiere ir a las playas caribeñas, deberías llevarla. —La voz de Víctor, su amigo de la infancia, sonó como una orden envuelta en una sugerencia. Helena sintió un tirón en el estómago.
—Sabes que Mónica se asusta fácilmente cuando está sola. No deberías dejarla ir así, como si nada. —Javier, el socio y amigo de años, añadió leña al fuego con esa falsa preocupación.
Helena cerró los ojos con fuerza. Mónica. Siempre Mónica. La prima perfecta, la que siempre tenía una sonrisa lista, la que se hacía la independiente pero llamaba a Máximo por cualquier estupidez: una luz que parpadeaba, un ruido en la noche, un simple capricho.
Durante tres años, Helena había sido la tercera en su propio matrimonio. La espectadora de una obra donde Mónica era la protagonista y ella, la suplente que solo aparecía en el escenario cuando la estrella no estaba.
—Si te vas con ella, Helena se va a enojar. —Esta vez fue Diego, el menos hostil del grupo, aunque sus palabras no eran una defensa, sino una advertencia, un recordatorio de que su existencia era un obstáculo.
Helena contuvo el aliento, esperando. Esperando que Máximo, su esposo, el hombre al que había entregado su vida y sus sueños, dijera algo. Cualquier cosa. Que la defendiera, que negara la insinuación, que dijera que su esposa era su prioridad.
Pero el silencio fue breve.
Se oyó el tintineo del hielo contra el cristal. Máximo se acomodó en su sillón de cuero, el que siempre ocupaba como un rey en su trono. Helena imaginó su gesto, el que tantas veces había visto: una sonrisa perezosa, la cabeza ligeramente inclinada, como si el mundo entero fuera un chiste privado que solo él entendía.
—Helena se va a enojar... si se entera. —Su voz era un susurro de desdén. —Le diré que tengo un viaje de negocios. Siempre se pone celosa por Mónica y es tan… cansado. Cansa demasiado lidiar con eso.
La risa que siguió fue un coro de cuchillos. Víctor, Javier y Diego rieron con él, como si hubieran escuchado el mejor chiste de la noche.
Pero Helena no rio.
Las palabras de Máximo la atravesaron como una lanza helada. "Me cansa". Esa frase se alojó en su pecho, en la garganta, en la raíz de su ser. No era la infidelidad —aunque eso también dolía—, era la indiferencia. No era Mónica, era el hecho de que para él, ella era un estorbo, una carga. Un problema que había que gestionar con mentiras.
El mundo se volvió borroso. Las lágrimas pugnaban por salir, pero Helena respiró hondo, una inhalación temblorosa y profunda. No lloró. No se desmoronó. No en ese momento.
En ese momento, algo se quebró dentro de ella, pero no fue su corazón. Fue la última cadena que la ataba a la ilusión de un amor que nunca existió. Se irguió, separando la mejilla de la madera fría. Sus pasos fueron firmes, seguros, aunque por dentro todo era un terremoto. "Helena se va a enojar", habían dicho. Pues bien. Que se enojara. Pero que él supiera que su furia no sería un berrinche, sino una sentencia.
Salió de la casa de Máximo sin mirar atrás. El aire de la noche le golpeó el rostro, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar.
Al llegar a su hogar —el que compartía con él, aunque ya no se sintiera suyo—, la voz de su suegra, Jimena, la recibió como un latigazo.
—¿Dónde estabas? —La mujer estaba sentada en el sofá de la sala, con las piernas cruzadas y una copa de vino en la mano. Sus rasgos afilados y su postura de reina destronada la convertían en un monumento a la crítica. —Máximo ya va a llegar y no has preparado la cena.
No era un grito. Era peor. Era un comentario seco, un hecho incuestionable. Jimena Lombardi no levantaba la voz porque no necesitaba hacerlo. Su desprecio era tan palpable que no requería de volumen.
Helena se detuvo en el umbral. Las luces de la casa le parecieron demasiado brillantes, demasiado reveladoras. Sentía el peso de la mirada de su suegra como una losa.
—Llegué tarde. Tenía cosas que hacer. —La voz de Helena sonó extraña, incluso para ella. Buscaba una calma que no sentía, un equilibrio que se le escapaba como agua entre los dedos.
Jimena arqueó una ceja, un gesto que había perfeccionado para hacer sentir a los demás diminutos.
—¿Cosas más importantes que tus deberes? —Se levantó con una lentitud deliberada, como si Helena no mereciera su atención completa. —Siempre estás tan… apagada. Tan… invisible. No me sorprende que Mónica llame la atención de mi hijo. Al menos ella tiene luz propia.







