Mientras ella charlaba con sus hermanas, Davide jugaba con su hijo en la habitación de Dav, había despertado a media tarde.
—¿Puedo pasar? —Preguntó Rosario, asomaba su cabeza en la puerta.
—Claro, pasa.
Tomó asiento junto a Davide.
—Me he enterado de que tú y Chiara están pensando en un divorcio. ¿Es cierto?
Davide dejó el pequeño conejo en manos de su hijo, prestando atención a Rosario.
—Sí, parece que es algo definitivo.
—¿Seguro? Me dio la impresión de que se llevaban bien. Me toma por sorp