Cada cosa que dijo, cada palabra dicha por su esposo le dejó algo muy claro a Chiara Moretti.
—Tú… ¡eres un monstruo, Davide! —lo empujó por el pecho y rodó hacia el otro lado de la cama, alejándose de su esposo—. ¡No me dijiste nada!
—¿Qué querías que te dijera? —la confesión le quitó un peso de encima, pero dejó un gran enfado en su esposa.
—Que al llegar al aeropuerto me dijeras que Dante estaba en el hospital. Eso era lo que debías decirme, pero nunca salió de tu boca, me dejaste todo ese tiempo a ciegas, Davide.
—¿Para que corrieras con él?
—¡Sí, justo para eso! ¡Para yo hacer lo que me diera la gana en ese momento! Era mi decisión, aún si me había utilizado, yo tenía derecho a saber lo que pasó ese día, Davide.
—Lo siento, Chiara—Fue del otro lado de la cama para hablarle de frente, pero luego de todas las cosas dichas, ella no quería mirarle, ella no quería ver su rostro—. Admito que no tenía intenciones de decírtelo.
—¡Así como me has ido ocultando todo! ¡Todo! ¿Qué más? ¿Qué