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No podía decir que no estaba feliz, se sentía la mujer más feliz del mundo y eso lo comprobaba al abrir los ojos, mirar su mano y ver que el anillo seguía en su dedo, que era real, que sí pasó. Pero la felicidad se hacía más grande cuando sentía esa mano deslizarse por su vientre, subir por su abdomen y tomar uno de sus pechos entre sus dedos.

Giró hacia él, Daniele seguía con los ojos cerrados, pero estaba despierto, ella se acercó mucho más, haciendo que la sábana se deslizara de su cuerpo.

—Buenos días— le dijo, pero Daniele no abrió los ojos.

—Buenos días, madrugadora.

—¿Quieres seguir en la cama? Tengo mucha hambre, debo arreglar algunas cosas, hacer mi maleta y desayunar, también reunirme con mi amiga, de paso contarle a Adriano, si es que no se ha ido, que ahora estamos comprometidos. ¿Quieres café o algo?

—Estoy cansado. ¿Podemos quedarnos un poco más en la cama?

—Solo unos minutos más, luego me levanto.

—Chiara, no andes con prisas. Todo puede esperar.

—Todo puede esperar— el
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