Esbozó una débil sonrisa cuando una de las empleadas llevó hasta su espacio una pequeña bandeja con la tetera y un platito con galletas que le hicieron sonreír. Permitió que fuera la misma joven quien le sirviera el té que había pedido para esa tarde, que pronto se convertiría en noche. En el silencio de la casa, con su césped verde tan sedoso y los aspersores activados, humedeciéndolo, había un peculiar sentido de paz y tranquilidad que ella, en soledad, disfrutaba en la terraza.
Cinco días h