Apretó los puños a sus costados cuando llegó al primer piso. Un nuevo día comenzaba y una semana de su matrimonio se había cumplido. El tiempo parecía correr sin pensar en nadie, ni mucho menos velar por alguien, porque ella se había sumergido profundamente en lo que habían sido esos días, en lo que había vivido al lado del hombre que tildaba de esposo, aquel que también la llamaba su esposa, suya, tan solo suya, su propiedad.
El debate en su mente inició con el día. Las voces se dividían en d