Respiro.

El sábado amaneció con una suavidad que casi dolía.

El departamento estaba silencioso, apenas iluminado por ese pequeño rayo de sol que siempre se colaba entre las cortinas de la sala.

Por un segundo, solo uno, tuve la sensación de que nada de lo ocurrido en la semana era real. Que Caelan no había llorado en el piso de su oficina, que Vivienne no había aparecido para recordarme quiénes eran los Vance, que Dorian no llevaba días siguiéndome como una sombra que respira demasiado cerca.

Pero luego
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