No esperé a estar tranquila, ni siquiera esperé a llegar a casa.
Apenas cerramos la puerta del auto, el silencio se volvió insoportable, cargado de todo lo que no habíamos dicho en el evento. Yo seguía viendo el nombre de Noah superpuesto a cada sonrisa, a cada brindis, a cada gesto perfectamente ensayado.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
Mi voz salió baja, pero no temblaba. Eso fue lo que más me asustó.
Dorian no arrancó el auto de inmediato. Mantuvo las manos apoyadas en el volante, como si necesit