Falta de Inocencia.
La primera sensación que tuve al despertar fue el calor. No el calor incómodo del sol colándose por las cortinas, sino el calor humano: suave, constante, reconfortante. Ese que te ancla al cuerpo después de noches demasiado largas.
Parpadeé lentamente, y mis pestañas rozaron la piel tibia de Noah, que seguía profundamente dormido, encogido como un pequeño animalito entre mis brazos. Su respiración cálida golpeaba mi clavícula en un ritmo suave, húmedo, confiado.
Del otro lado, sentí el peso de