El Idioma del Poder.
No hubo una citación formal, no llegó un correo con membrete ni una agenda adjunta. Fue un mensaje breve, casi casual, enviado por alguien que no figuraba en ningún organigrama oficial, pero cuyo nombre aparecía repetidamente en los márgenes de decisiones importantes.
“Cena tranquila, nada protocolar. Sería bueno verte.”
Eso era todo.
No había hora exacta, no había objetivo declarado. Y, sin embargo, entendí de inmediato que no era una invitación que pudiera rechazar sin consecuencias.
Acepté.