Daños Colaterales.
El ataque dejó de ser abstracto el día en que entraron a mi oficina con carpetas oficiales y sonrisas administrativas.
Hasta entonces, todo había sido presión política, titulares ambiguos, llamadas tensas. Pero esa mañana entendí que el siguiente movimiento no sería contra Caelan directamente, sería contra mí.
Llegaron a las nueve en punto: tres personas en trajes grises, credenciales visibles, lenguaje impecablemente técnico. La recepcionista me llamó con voz baja.
—Elara, hay funcionarios de