Castigo Interno.
Me senté en la silla de la sala, las manos entrelazadas sobre las rodillas, la mirada fija en el vacío que la luz de la tarde dibujaba sobre la alfombra.
Era un vacío absoluto, silencioso, que me permitía pensar demasiado y sentir demasiado, a la vez.
La culpa me aplastaba como un peso húmedo sobre los hombros. No había un ruido externo que me distrajera: ni Noah, ni Nora, ni los agentes de protección que rondaban la casa.
Solo yo y mi mente, y un pasado que se negaba a quedarse en silencio.
Me