— ¡Sra. Drulog, Sra. Drulog! ¡¿Pero qué diantres de insubordinación es esta?!
Albert salió del cuarto poniéndose la bata de dormir sobre el pijama, después de cansarse de tocar una y otra vez la campana del servicio.
¿Dónde carajos estaban todos?
Su humor de perros, sin casi dormir y con miles de preocupaciones en la cabeza, para que ahora también la servidumbre hiciera lo que le viniese en ganas.
— ¿Dónde están todos? ¡Los voy a despedir por incapa…!!— pero los insultos del hombre enojado se