Romina tenía una mordaza en la boca y sujeta las manos, los gritos eran amortiguados por la tela, pero los ladridos de los perros aumentaban, con saliva espumosa saliendo de sus bocas y afilados colmillos que se asomaban a través de los huecos de las rejas que los separaban de la mujer.
— ¿Sabes para qué es ese compartimento pequeño donde la metiste, entre las dos rejas Leroy? – Eva miraba y recordaba los horrores del pasado.
Leroy se lo imaginó, pero negó con la cabeza.
— Ahí nos metían a los