Todas las doncellas se enderezaron de repente asustadas, tirando los cigarrillos y dejando de tomarse sus jugos.
La tal Lidia se llevó la mano al rostro enrojecido. Por muy delgada que Eva pareciera, tenía la fuerza de alguien acostumbrada al trabajo duro.
— ¡He sido buena con ustedes, tolerante, le he dado de mis cosas valiosas e importantes para ayudarlas!, ¿y así me lo pagan? – miró a la chica de la horquilla que bajó la cabeza avergonzada.
— ¡Nunca imaginé que pudiese haber mujeres tan desc