La sala de espera de Urgencias del Hospital Universitario parece de otro mundo. Las luces de neón blancas brillan demasiado, un contraste brutal con la oscuridad que Lucía acaba de dejar atrás en la mansión. El olor a antiséptico le cala los huesos, mezclándose con los restos de sangre seca que aún se le pegan al camisón. Está sentada, rígida, en una de las sillas metálicas de la sala. Le tiemblan las manos y, en su puño cerrado, sigue escondido el teléfono del atacante; ese peligroso secreto q