La escalera hacia el segundo piso crujió suavemente bajo sus pasos. Lucía seguía a Mateo de cerca, observando su espalda erguida mientras echaba vistazos ocasionales a los grandes ventanales que dejaban pasar la luz de la tarde, proyectando sombras oblicuas sobre el viejo suelo de madera.
—La biblioteca está al final de este pasillo —dijo Mateo, señalando con la barbilla sin girarse—. La habitación que te digo está justo al lado. Antes era el cuarto de invitados, pero hace mucho que no se usa.