BYRON HARRINGTON
—¿De qué herramienta debería estar orgulloso un cirujano, si no son sus manos? —pregunté con calma mientras lo agarraba por la muñeca y ponía su mano sobre el escritorio—. Alguien como tú no puede darse el lujo de perderlas, ¿cierto?
—No, señor Harrington, espere, podemos arreglar las cosas… —dijo sosteniendo con su mano libre su nariz mientras veía el escalpelo a centímetros de la mano que tenía sobre el escritorio, colgando inocentemente. Entonces lo solté.
La navaja cortó su