AMBER PIERCE
—Mi pequeña… —susurró mi padre con la mirada llena de brillo y los labios temblorosos—. Ya no eres una niña, eres toda una mujer.
Cuando extendió su mano para alcanzar mi mejilla, yo retrocedí por reflejo.
—Te pareces tanto a tu madre —agregó aumentando la melancolía en su voz.
—Supongo que cometí un error al deducir en vez de preguntar, pero… sinceramente, pensé que estabas muerto —dije confundida y manteniendo la distancia—. Mejor dime ¿cómo llegaste aquí?, ¿qué quieres y qué