—Ya tengo suficiente desprecio aquí, no me hace falta el tuyo, Nerida —me llevé las manos a las sienes. La cabeza me pesaba una tonelada de cansancio y frustración.
Al parecer, todos querían un pedazo de mí para torturarlo.
—Claro, la verdad no peca, pero incomoda. Tú, que siempre tomas las mejores decisiones —dijo con un tono que derramaba veneno.
Dejé escapar un suspiro pesado con toda la intención de que lo escuchara.
—Dos semanas, niña tonta, dos semanas, y no has conseguido ni la tercera p