Mundo ficciónIniciar sesiónPOV VALEN
—Espero que hayas disfrutado el espectáculo porque no volverá a repetirse.
Fue lo primero que dije apenas las puertas del vehículo blindado se cerraron detrás de nosotros.
El auto comenzó a avanzar lentamente alejándose de la catedral bajo el ruido ensordecedor de los gritos, las cámaras y las multitudes que seguían celebrando la boda del siglo. A través de las ventanas polarizadas todavía podían verse los flashes reventando como tormentas de luz sobre la escalinata principal mientras cientos de personas agitaban banderas de Astlán y Duviz creyendo que acababan de presenciar una historia de amor.
Idiotas.
La mujer sentada a mi lado frunció apenas el ceño sin comprender del todo mis palabras. Permaneció inmóvil sobre el asiento de cuero blanco, sosteniendo todavía el ramo de rosas rojas entre las manos cubiertas por guantes de encaje.
Lucía exactamente como la prensa la describía, hermosa, elegante y delicada.
Y aun así, cada vez que la miraba, lo único que podía recordar era el desastre que se había convertido mi vida desde que nuestros nombres fueron unidos en aquel compromiso absurdo.
—Prefiero beber lejía antes que volver a besarte —continué, observando por la ventanilla el caos de periodistas persiguiendo el automóvil—. Así que será mejor que entiendas las cosas desde ahora.
Sus ojos color canela se abrieron apenas por la sorpresa antes de desviarse lentamente hacia el cristal. El movimiento fue pequeño, casi imperceptible, pero alcancé a notar cómo sus labios temblaban ligeramente detrás de aquella expresión serena que parecía no romperse nunca.
¿Iba a llorar?
Perfecto.
Lo último que necesitaba era una esposa emocional llorando cada vez que le recordara cuál era su lugar.
—Tus escenas sentimentales no funcionan conmigo, Lenora —dije con frialdad, aflojando apenas el nudo de la corbata negra que comenzaba a asfixiarme—. Será mejor que aprendas rápido cómo funcionan las cosas en Duviz. Mientras permanezcas a mi lado harás exactamente lo que se espera de ti y evitarás convertirme en motivo de vergüenza.
La amenaza quedó suspendida entre nosotros; pero ella siguió callada, ni siquiera intentó defenderse.
Eso comenzó a irritarme más de lo que debería.
Me habían atado a aquella mujer por culpa de la presión política, los conflictos en Sidren y las interminables negociaciones entre ambos reinos; sin embargo, nadie lograría obligarme a amarla. Jamás.
Ni siquiera soportaba tenerla cerca.
La sola idea de compartir mi apellido con ella durante un año entero hacía que algo desagradable se retorciera dentro de mi pecho. Porque ese era el trato. Un año. El tiempo suficiente para estabilizar los reinos, calmar la presión pública y encontrar una forma elegante de romper el matrimonio sin provocar otra crisis internacional.
Después de eso sería libre nuevamente.
Libre para volver con Enriqueta.
Solo pensar en ella consiguió suavizar por un instante la presión insoportable acumulada en mi cabeza desde aquella mañana.
Enriqueta de Clark era todo lo que Lenora jamás sería, dulce, inteligente y leal.
La única mujer capaz de mirarme sin querer algo de mí a cambio. La única persona que permaneció conmigo cuando el peso de la corona comenzó a aplastarme vivo tras la muerte de mi padre.
Ella me devolvió las ganas de seguir adelante cuando todo comenzó a hundirse.
Y ahora, por culpa de la mujer sentada a mi lado, tendría que mantenerla lejos.
La rabia volvió a instalarse lentamente dentro de mí.
Lenora continuaba mirando hacia la ventanilla mientras las luces de Duviz desfilaban reflejándose sobre el cristal. La ciudad entera brillaba bajo la noche como un océano de oro frío extendiéndose entre las montañas. Las enormes catedrales coloniales, los edificios modernos cubiertos de cristal oscuro y las antiguas construcciones de piedra iluminadas por proyectores hacían que la capital pareciera suspendida entre otro siglo y el futuro.
Duviz imponía respeto incluso de noche.
Nada que ver con Astlan y su exceso de playas, música y turistas ebrios caminando semidesnudos por las calles.
—Te acompañaré un momento en la recepción y después me marcharé —anuncié finalmente cuando el vehículo cruzó las enormes rejas del Palacio Saltzer.
Ella giró apenas el rostro hacia mí.
—¿A dónde irás?
La calma de su voz me tomó desprevenido.
Desde que volvimos a encontrarnos para los preparativos del compromiso apenas había hablado y, aun así, cada vez que lo hacía sentía algo extraño detrás de aquella serenidad exagerada. Algo que no terminaba de gustarme.
—Tengo asuntos más importantes que atender —respondí secamente mientras el vehículo se detenía frente a la escalinata principal—. Lo que haga o deje de hacer no es asunto tuyo. Limítate a sonreír, actuar como reina y mantener los zapatos puestos. No necesito otro espectáculo ridículo frente a la prensa internacional.
Sus ojos permanecieron clavados en mí unos segundos.
Demasiado tranquilos.
—Como ordene, Majestad.
No entendí por qué la seriedad en su voz me provocó un escalofrío desagradable recorriéndome la nuca.
Las puertas se abrieron antes de que pudiera pensar más en ello.
El ruido explotó de inmediato a nuestro alrededor.
Miles de personas se habían reunido frente al palacio. Las enormes fuentes iluminadas, las banderas de ambos reinos ondeando sobre los balcones y las filas interminables de periodistas convertían la entrada principal en un auténtico circo.
Los guardias apenas podían contener a la multitud.
Lenora descendió del automóvil primero. El vestido blanco cayó alrededor suyo como espuma brillante bajo las luces mientras los flashes comenzaban a perseguir cada uno de sus movimientos. La cola interminable cubierta de bordados avanzó lentamente sobre la alfombra negra extendida hacia el interior del palacio y por un instante el público completo guardó silencio observándola.
Entendía por qué la adoraban tanto.
Lenora sabía perfectamente cómo actuar frente a las cámaras.
Tomé su mano con la rigidez suficiente para dejar claro que aquello no era afecto. Solo protocolo.
Ella sonrió.
Una sonrisa suave, elegante y perfectamente calculada que arrancó suspiros y aplausos entre la multitud.
Qué conveniente.
Atravesamos la entrada principal rodeados de fotógrafos y funcionarios hasta llegar al gran salón de recepción.
El lugar estaba completamente transformado.
Las enormes lámparas de cristal iluminaban cientos de mesas cubiertas con arreglos de rosas blancas y velas doradas. La música de una orquesta llenaba el ambiente mientras políticos, empresarios y miembros de distintas coronas conversaban sosteniendo copas de champaña bajo los techos altísimos cubiertos de frescos antiguos.
La prensa internacional ocupaba una zona exclusiva desde donde transmitían el evento en vivo hacia distintos países.
Todo era exagerado y agobiante.
Y apenas habían pasado quince minutos antes de que quisiera arrancarme la maldita corbata y desaparecer de ahí.
Ni siquiera fui capaz de probar la comida que colocaron frente a mí. La copa de champaña seguía intacta entre mis dedos mientras escuchaba discursos absurdos sobre unión, paz y amor eterno.
Lo único que ocupaba mi cabeza en ese momento era Enriqueta.
Imaginándola sola sufriendo al ver cada segundo de aquella farsa transmitida frente al mundo entero.
La culpa comenzó a aplastarme lentamente el pecho.
No soporté más.
En cuanto mi hermano terminó el discurso para el brindis, me levanté abruptamente de la mesa ignorando los murmullos que comenzaron a extenderse detrás de mí.
—Le urgía ir al baño —escuché decir a Lenora a mis espaldas con una tranquilidad ofensiva.
Varias personas soltaron pequeñas risas incómodas.
Cerré los ojos apenas un instante conteniendo el impulso de volver y ponerla en su lugar frente a todos.
Qué mujer tan insoportable.
Abandoné el salón atravesando los largos pasillos del palacio hasta llegar a la zona norte, donde los enormes jardines privados permanecían prácticamente vacíos a esa hora.
La música y el ruido de la recepción quedaron atrás poco a poco, reemplazados por el sonido del viento moviendo los árboles y el agua de las fuentes iluminadas.
Sabía exactamente dónde encontrarla.
Y entonces escuché mi nombre.
—Valen…
Nunca antes alguien había pronunciado mi nombre con tanta tristeza.
Me detuve inmediatamente.
Giré sobre mis talones y ahí estaba ella.
Enriqueta.
El vestido negro que llevaba abrazaba elegantemente su cuerpo mientras el brillo de las piedras oscuras bordadas sobre la tela reflejaba tenuemente la luz de los jardines. Su cabello oscuro caía en suaves ondas sobre los hombros y sus enormes ojos negros parecían llenos de una tristeza capaz de destruirme lentamente por dentro.
Sentí el alma regresar a mi cuerpo apenas la vi.
—Enriqueta…
Di un paso hacia ella y extendí los brazos por reflejo, deseando abrazarla después de aquella tortura interminable.
Pero entonces el peso del anillo sobre mi mano izquierda me detuvo en seco.
La sensación fue asfixiante.
Como un grillete cerrándose alrededor de mi vida.
Ella lo entendió enseguida.
—Lo sé… no te preocupes —murmuró intentando sonreír aunque los ojos comenzaban a llenársele de lágrimas.
La culpa me golpeó con tanta fuerza que tuve que apartar la mirada un segundo.
—Perdóname —solté finalmente con frustración—. Te juro que terminaré con esta farsa apenas sea posible. Tú y yo volveremos a estar juntos.
Su rostro terminó empapándose lentamente de lágrimas. Los pequeños sollozos escapando de su garganta me destrozaron por dentro.
—Créeme, por favor…
Enriqueta levantó la mirada hacia mí con una fragilidad dolorosa.
—Te creo, Valen… de verdad que te creo. Pero no puedo evitar pensar que ahora compartirás el lecho con ella.
Agachó el rostro incapaz de sostenerme la mirada.
La sola idea me revolvió el estómago.
—Te juro por mi vida y por la memoria de mi madre que jamás la tocaré —dije con firmeza, sintiendo el rechazo recorrerme entero—. Antes me corto las manos que ponerlas sobre ella.
Enriqueta caminó lentamente hacia mí sin apartar sus ojos de los míos. Se detuvo apenas a un paso y alzó una mano para acariciarme la mejilla con una suavidad que consiguió calmar el caos dentro de mi pecho.
—No olvides que voy a esperarte.
Cerré los ojos apenas un instante disfrutando el calor de su mano.
—Nunca podría olvidarlo.
Cuando volví a abrirlos, ella ya se había marchado.
Y el frío regresó inmediatamente a mi pecho como si jamás hubiera dejado de existir.







