—Ya tengo suficiente desprecio aquí, no me hace falta el tuyo, Nerida —me llevé las manos a las sienes. La cabeza me pesaba una tonelada de cansancio y frustración.Al parecer, todos querían un pedazo de mí para torturarlo.—Claro, la verdad no peca, pero incomoda. Tú, que siempre tomas las mejores decisiones —dijo con un tono que derramaba veneno.Dejé escapar un suspiro pesado con toda la intención de que lo escuchara.—Dos semanas, niña tonta, dos semanas, y no has conseguido ni la tercera parte de lo que, según tú, conseguirías solo en un día. Vaya eficiencia la tuya; te tratan peor que a una paria y, lo peor de todo, es que todo el mundo lo sabe e incluso tu reino es testigo de cómo para el rey de Duviz no significas nada. ¿Cómo esperas que te respeten?—Por favor —resoplé—. Sabíamos que no sería bien recibida.—¡Mocosa ingrata! —chilló al otro lado de la línea—. No me digas que por eso aceptarás las humillaciones.Por supuesto que no las aceptaba. ¿Quién, en su sano juicio, anda
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