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Bastó una sola noche para que mi vida se arruinara.

POV VALEN

Desperté con un zumbido partiéndome la cabeza. Me llevé las manos a las sienes y enterré los dedos con fuerza en ellas, como si pudiera arrancar aquel dolor a pura presión.

Era una de las peores resacas que había sufrido en toda mi vida. Lo extraño era que no recordaba haber bebido tanto.

A decir verdad, apenas había tomado un par de copas durante la recepción. Nada que justificara aquella sensación de tener el cráneo atravesado por martillazos constantes.

Fruncí el ceño mientras intentaba ordenar mis pensamientos. No recordaba cómo había llegado hasta mi habitación ni en qué momento me había acostado.

Mucho menos quién me había quitado la ropa hasta dejarme completamente desnudo.

El pánico me invadió al sentir algo removerse a mi lado.

Me quedé completamente inmóvil. Ni siquiera tenía el valor de mirar.

El corazón comenzó a golpearme las costillas con fuerza mientras bajaba las manos por mi cuerpo en busca de alguna explicación. La respuesta llegó demasiado rápido.

Estaba desnudo, completamente desnudo.

M****a, m****a.

El estómago se me hundió.

Intenté recordar algo, cualquier cosa que me explicara cómo había terminado en aquella situación, pero mi mente era un caos de imágenes borrosas y fragmentos inconexos.

Cerré los ojos y apreté los labios con fuerza.

Solo mira.

Con más esfuerzo del que me gustaría admitir, reuní el valor suficiente para girar la cabeza hacia el lugar del que provenía aquel calor que había comenzado a sentir a mi lado.

La cabellera color chocolate de Lenora se extendía sobre la almohada en completo desorden. Su espalda desnuda sobresalía entre las sábanas arrugadas y aquella imagen me golpeó con tal fuerza que me hizo perder el aliento.

Sentí el corazón desplomarse dentro de mi pecho.

¿Cómo mierdas había llegado hasta ahí desnudo?

Me negaba a creer que aquello fuera verdad. Jamás me habría traicionado de aquella forma, ni pensar en que le haría algo así a Enriqueta.

La ira se abrió paso dentro de mí. Aquello solo podía significar una trampa.

De un salto me levanté de la cama y me cubrí con una de las sábanas.

—¿Qué mierdas haces aquí? —rugí.

No respondió. Continuó dándome la espalda mientras su cuerpo temblaba entre sollozos al mismo tiempo que se aferraba a la colcha, dejándome por completo desconcertado.

Yo estaba a punto de volverme loco.

—¿Qué fue lo que pasó? —exigí saber.

—¿Tú qué crees que pasó? —respondió con voz fúnebre.

—No, imposible —pasé mis manos por el rostro intentando mantener la calma—. Tiene que ser una maldita broma. No, esto es una trampa —respiré hondo intentando tragarme la furia antes de que explotara. No sabía de lo que podía ser capaz.

—¡¿Una trampa?! ¿Con qué derecho me acusas? —Lenora se incorporó en la cama cubriendo sus pechos con la colcha.

Tenía el rostro húmedo, las pestañas pegadas por las lágrimas y manchas oscuras de maquillaje bajo los ojos que delataban cuánto había llorado.

—¿Qué más podría ser? Yo jamás me habría acostado contigo.

De tan solo pensarlo se me revolvieron las entrañas.

—¿Y crees que yo sí? ¿Eres tan ególatra y arrogante como para pensar que yo me moría por meterme en tu cama? Por favor, Valen, te creía un hombre inteligente —sus labios se torcieron en una mueca de desdén, como si cada palabra que soltaba fuera veneno.

Pero no fue eso lo que más me sorprendió. Ahora me preguntaba dónde había quedado la mujer sumisa de días anteriores.

—Muestras tu verdadera cara —dejé escapar una risa seca y pesada.

—¿Qué cara quieres que muestre después de lo que pasó...?

—¿Y qué fue lo que pasó? —inquirí, entrecerrando los ojos sobre ella—. Yo no recuerdo nada.

Bajó la mirada de inmediato, impidiéndome hacer contacto visual.

Parpadeó varias veces y apretó los labios. Parecía querer contener lo que de verdad pensaba.

—¿Crees que me voy a alegrar de aceptar que me acosté contigo?

—¿Y tú crees que yo deseaba entregarle mi virginidad al hombre que destruyó mi vida? —Su voz se rompió de nuevo—. Aquel que me humilló ante el mundo entero y que no ha hecho más que mostrar su desprecio hacia mí.

Su fuerza se perdió a media frase.

Desvié la mirada por un instante, pero me obligué a sostenerla de nuevo con fingida seguridad.

No me gustaba recordar aquel evento y, por un segundo, sentí pena por ella. Aún existía una pequeña espina de incomodidad y remordimiento por lo que pasó años atrás.

—¡Pierde el tiempo culpándome si eso te hace sentir mejor! Yo voy a investigar y encontrar al verdadero culpable de este agravio.

Enderezó la espalda y alzó el mentón sin dejar de sostenerme la mirada.

—Qué descaro el tuyo al sostener que acabo de robarte la virginidad y además insinuar que yo tuve algo que ver.

Cada músculo de mi cuerpo se tensó igual que un resorte a punto de romperse.

—¿Tú, virgen? Por favor. Soy muy consciente de la vida promiscua que llevas.

La vi levantarse sobre la cama, llegar hasta mí y abofetearme con todas sus fuerzas. Todo ocurrió en cámara lenta y no fui capaz de detenerla.

—Eres un maldito desgraciado. Maldigo la hora en que acepté esta farsa de matrimonio; pero que lo sepas, Valen, voy a destruirte por este y todo el daño que me has hecho.

La tomé por las muñecas. Ella luchaba por zafarse de mi agarre y ambos terminamos cayendo sobre la cama.

—No vuelvas a ponerme una mano encima o vas a conocer por qué me dicen el rey despiadado.

Quería hacerla pedazos ahí mismo.

Comenzamos a forcejear hasta que las sábanas y la colcha descubrieron nuestros cuerpos, dejándonos piel con piel.

—¡Quítate de encima! —chillaba mientras se retorcía.

—Deja de moverte y escúchame.

Aplasté mi cuerpo con más fuerza sobre el de ella.

Sus ojos se desorbitaron llenos de pánico.

Sacudí la cabeza intentando librarme de aquellas sensaciones, lo único que sentía por Lenora era desprecio. Al menos eso era lo que llevaba años repitiéndome y en aquel momento necesitaba creerlo más que nunca.

—Voy a llegar al fondo de esto y, por tu bien y el de tu incipiente reino, espero que no hayas tenido nada que ver.

La amenaza resonó baja y áspera en mi garganta.

—Valen, solecito...

M****a.

M****a.

M****a.

Brau, mi mejor amigo y Gran Canciller de Duviz, estaba parado en el umbral de la puerta con el rostro desencajado, la mandíbula por el suelo y los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

—Lo... lo siento. ¡Ay, mis ojos!

—¡Largo! —bramé tomando la colcha para cubrir el cuerpo de Lenora, aunque realmente el que estaba expuesto era yo al encontrarme encima de ella.

—¡Aléjate! —chilló ella poniéndose de pie.

Sin importarle su desnudez, corrió hasta la puerta que conectaba nuestras habitaciones y desapareció tras ella de un portazo.

Lancé las almohadas con toda la fuerza que pude al mismo tiempo que un rugido frustrado escapaba por mi garganta.

—¿Ya terminaste de revolcarte en tu miseria? —la voz de Brau me devolvió algo de cordura.

Me incorporé sobre la orilla de la cama y hundí la cabeza entre las manos.

—Esto lo arruina todo.

El mundo se desmoronaba en mi interior. La imagen de Enriqueta alejándose aparecía en mi mente una y otra vez.

—Te cogiste a una mujer, supéralo —la voz le salió suave, casi aburrida.

En momentos como este me preguntaba por qué este ser sin corazón era mi mejor amigo. Qué digo mejor amigo, hermano.

—No es cualquier mujer...

—Oh, qué esposo tan devoto.

—Cierra la puta boca — Apreté tanto la mandíbula que sentí los dientes rechinar.

Brau se paró frente a mí con el gesto endurecido.

—Sé lo que ella significa para ti; pero no puedes dejarte derrumbar por esto.

—Fue una trampa.

Cerré los ojos un instante antes de volver a abrirlos.

El mundo parecía haberse puesto de cabeza mientras intentaba comprender cómo había terminado en aquella situación.

—Es evidente que ella lo hizo, así el matrimonio no podrá anularse alegando que no hubo consumación.

—Date un baño, yo me encargaré de investigar... aunque...

Se quedó mirando el desastre de la habitación.

Ropa esparcida por todo el piso.

Miré horrorizado la tela de encaje hecha jirones y...

—Estoy acabado —exclamé casi sin aliento mientras un sudor frío me recorría la espalda al notar la mancha de sangre en las sábanas.

—Encontraremos al que causó todo esto —afirmó Brau con la vista clavada en el mismo lugar que yo.

—¿Y si amenaza con decir que abusé de ella?

Mi mente saltaba de un escenario a otro, y todos eran más devastadores que el anterior.

—Es imposible. Yo mismo escuché sus gemidos anoche. Estoy seguro de que una decena de sirvientes también lo hicieron.

—¿Qué?

El alma abandonó mi cuerpo.

Brau exhaló pesadamente antes de volver a hablar.

—Si dices que hay algo extraño, te creo; pero lo que escuché anoche cuando vine a buscarte fue...

Apretó los labios un segundo.

—Bueno, hermano, sonaba muy real. Valen, no tendría nada de malo admitir que te ganó el deseo y...

—Cállate —bramé al borde de la locura—. Lo único que siento por esa mujer es desprecio. La única mujer que despierta mis deseos es Enriqueta.

La seguridad con la que hablé solo fue de dientes para afuera, porque comenzaba a dudar de mí mismo.

—Entonces no hay nada de qué preocuparse. Anda a bañarte. Yo arreglo tu desastre y te veo abajo.

Bastó una sola noche para que mi vida se arruinara.

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